
Por Dr. Manuel de Paz Sánchez.
Catedrático de Historia de América Universidad de La Laguna
En
masonería, una vez consumada la iniciación o recepción de un candidato,
era costumbre que el neófito pronunciase, ante la asamblea de su grado,
es decir, en cámara de aprendiz, un discurso de ingreso.
La
costumbre que, como podemos ver por el acto que aquí nos reúne, era y
es común a otros colectivos humanos como las Academias y sociedades de
parecida índole, convirtió tal práctica en obligatoria, y su función,
desde siempre, era la de que el recién admitido demostrase, ante el
resto de la comunidad, no sólo su valor y sus méritos – que, como a los
militares, se le suponen antes de entrar, realmente, en batalla –, sino
su capacidad de reflexión y de creatividad para el bien de los
hermanos, es decir, de la Orden del Gran Arquitecto del Universo en su
conjunto, al mismo tiempo que su voluntad y entusiasmo masónicos.
El
trabajo, plancha, trazado o cualquier otro sinónimo que pueda
encontrarse – naturalmente referido siempre a la Arquitectura –,
glosaba por lo común el nombre simbólico elegido (Riego, Empecinado,
Ptolomeo, Platón, Savonarola, Azaña o cualquier otro), es decir, el
nombre de guerra que los masones españoles y portugueses adoptaban,
también por derecho consuetudinario, seguramente enraizado en las
antiguas persecuciones a las que se había visto sometida la
fraternidad, desde los tiempos de la unión secular entre el altar y el
trono.










